Isabel Calderón Ramón

La tercera hija de José y Lola era muy delgada y guapa como sus hermanas. El nombre le viene por su abuela materna que se llamaba Isabel Zapata García.

Ella era un bebé de tan solo unos meses cuando emigró con sus padres de Cartagena a Barcelona.

Estudió la primaria en la Escuela del Mar, junto a la playa de Poblenou, con su hermana Josefina.

Trabajó de joven en la fábrica textil Can Parsos en Poblenou.

En 1935 Isabel conoció a Francisco Ferrer Muntanya en Pau i Justícia, al que siempre llamarían Siscu.

Aunque inicialmente José, el patriarca de la familia no aprobaba la relación porque la familia de Siscu eran bailarines, actores, bohemios y no los consideraba serios, finalmente cedió

Al estallar la guerra, Sisco se fue como voluntario al frente.

Ella se mantuvo en casa de sus padres durante la guerra cuando pasó este episodio narrado en la novel·la de la familia:

De pronto, un terrible estruendo hizo temblar el edificio por completo derrumbando una parte de él. En casa de los Calderón, por unos instantes, el suelo tembló como si se estuviera produciendo un terremoto y varias lámparas cayeron del techo junto a cascotes de yeso. Un impulso imprevisible empujó a Isabel y a Roca contra la pared del comedor, las dos soltaron las escobas emitiendo un alarido estremecedor antes de comprobar que se habían quedado sordas. Aaaahh… Isabel, ¿qué pasa?, gritó Roca unos segundos después, mientras un zumbido invadía sus oídos. No podían oír nada, salvo un pitido intenso que quedó grabado en sus oídos durante horas. Isabel, ¿estás bien?, preguntaba la muchacha llorando asustada mientras la buscaba mirando a todos lados donde la vista le alcanzaba sin que se atreviera a moverse.

Una bomba lanzada desde un buque de guerra había caído junto a la entrada del edificio, hundiendo parte del hueco de la escalera y de la entrada al patio comunitario. Lola contempló la escena desde la calle, ¡las niñas!, gritó asustada unos segundos antes de abandonar la fila del pan y acelerar cuanto pudo el paso para acudir en busca de sus hijas. De inmediato llegaron miembros de las brigadas de salvamento y milicianos encargados de la defensa pasiva. Los hombres se agolpaban separando adoquines de piedra y restos de yeso y madera.

En cuanto consiguieron separar alguna de las vigas que entorpecían el paso y afianzaron la estructura de manera que se pudiera acceder a las viviendas, Lola entró para dirigirse a su casa. ¡Isabel! ¡Roca!, gritaba a medida que avanzaba caminando con torpeza sobre algunos cascotes en la escalera. El escenario era caótico, una nube de polvo blanquecina invadía el ambiente, desde la entrada pudo ver a sus dos hijas al fondo, en el comedor, desmelenadas, llorando. Roca sostenía una gallina de las seis que habían entrado por las ventanas revoloteando en el aire despavoridas al ser impulsadas desde la fábrica de Can Parsos, por el efecto de la deflagración. Las gallinas que criaba amorosamente el guarda de la factoría para conseguir huevos frescos estaban conmocionadas. La jovencita se acercó hasta su madre caminando despacio, con el animal entre sus manos, muerta de miedo sobre los cascotes y plumas que llenaban el suelo de la casa. ¡Madre, no sé qué ha pasado… estábamos limpiando y de repente…!, decía Roca tartamudeando, con el miedo todavía dentro del cuerpo. Al llegar a los brazos de Lola se agarró fuertemente a ella y cerró los ojos, intentando que la imagen de su casa volviera a ser la de antes de aquella pesadilla. En un rincón, con el pelo despeinado cubierto de polvo, Isabel aguardaba acurrucada en silencio. A su madre le pareció que su hija mediana había envejecido de repente. Su cabello era ahora gris. Tenía la cara empolvada, la ropa rasgada y la mirada vidriosa, perdida en el infinito. Aquellos ojos mirando al cielo a través del balcón hicieron pensar a Lola que su niña también había perdido la razón.

Cuando José Calderón terminó su jornada laboral se dirigió a su casa como cada día. A medida que se acercaba percatándose de lo que había ocurrido, algunos vecinos se le acercaban para tranquilizarle. No se preocupe Sr. Calderón, que en su casa están todos bien, le decían intentando que no se asustase. El hombre aceleró el paso mientras notaba que un nudo le oprimía la garganta, sus hijas, tenía que comprobar que estaban intactas, que no les había ocurrido nada malo. Subió los escalones dando zancadas, como si así todavía estuviera a tiempo de protegerlas. Finalmente, al llegar las encontró a todas allí. Abrazándose y llorando. Josefina y Dolores recogían algunos objetos del suelo, Roca pasaba la escoba, intentando continuar en el mismo punto donde estaba antes de la deflagración. En un rincón, Lola, sentada en el suelo, abrazaba a su hija Isabel meciéndola adelante y atrás, susurrándole una canción de cuna como cuando era un bebé. La chica continuaba con la mirada proyectada al infinito. José se acercó a ellas y empezó a acariciar la espalda de su hija, mientras sujetaba con fuerza la mano de su esposa.

A partir de aquel día Isabel dejó de comer, se sumió en una depresión, no se atrevía a salir de casa, tampoco dormía tranquila, cada noche soñaba con el bombardeo y durante el día pensaba que no saldría viva de otra experiencia como aquella. Lo único que repetía era que quería marcharse de la ciudad. Cuando unos meses después Sisco se enteró de lo ocurrido regresó a Barcelona en busca de Isabel.

—Me la llevo. Entiéndalo José, si dejamos que Isabel siga en casa, se morirá. ¿No ve que flaca está? —dijo armándose de valor al patriarca de los Calderón en presencia de su esposa— Por favor, dígaselo usted Lola. Isabel solo quiere irse de aquí y yo he conseguido que una familia de Sant Guim de Freixenet la acoja en su casa. Yo estoy en el frente de Lérida, en el Segre, así que podré ir a visitarla de vez en cuando y me aseguraré de que está bien.

—¿Y qué hará allí? De alguna manera tendrá que pagar su alojamiento —se interesó José.

—No se preocupe, necesitan una muchacha que les ayude con las tareas de la casa y el campo, así colaborará en su manutención.

—Bueno, veo que está todo resuelto —al escucharle la pareja sonrió— Pues si te la llevas, antes te casas con ella —sentenció enroscándose una de las puntas de su enorme bigote.

En septiembre de 1938 Isabel Calderón y Francisco Ferrer se casaban en uno de los juzgados de la ciudad.

En Sant Guim de Freixenet Isabel se repuso y ganó peso, estuvo a salvo y tranquila durante unos meses, hasta que Sisco se enteró de que «los moros de Franco» se dirigían a poblaciones leridanas, y no se lo pensó dos veces. Recordaba perfectamente a las mujeres que les recibieron en la localidad de Fuendetodos, rapadas, vejadas y maltratadas, gritando que matasen a todos los fascistas.

En su calidad de teniente de Intendencia tenía acceso a los camiones de su división, de modo que una noche, subió a uno de los camiones y le dijo a su conductor que se dirigiera a Sant Guim de Freixenet. En cuanto llegó se llevó a Isabel de la casa donde la habían acogido para dejarla sana y salva a casa de sus padres de vuelta a Barcelona.

Al terminar la guerra Siscu se va de retirada a Francia, pero lo detienen y lo llevan al campo de concentración de Argeles, hasta que al cabo de unos meses consigue salir con un salvoconducto y volver a casa en enero del 1940.

Isabel entonces había vuelto a trabajar en la fábrica textil Can Parsos.

El 1941 nacía Enrique, el primer hijo del matrimonio. I el 1953 nacía el segundo hijo, Josep, siguiendo la tradición familiar.

Isabel siempre decía que se había casado dos veces, porque Franco invalidó los matrimonios civiles y cuando ya tenían hijos se fueron una mañana a la iglesia a casarse.

En 1986 y con tan solo sesenta y seis años, Isabel moría de leucemia. Durante el proceso de su terrible enfermedad, su hermana Paquita acudía prácticamente a diario a cuidarla y atenderla.

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