Nació el 4 de noviembre del 1926 y falleció el 26 de mayo del 2009.
Mi bisabuelo Diego Martínez se marchó a hacer las Américas en 1917 desde su pueblo natal de Cuevas de Almanzora.
Sin embargo, parece que no le fue muy bien la aventura y pidió a su madre que le costeara el viaje de vuelta.
Al llegar a casa se encontró con que su madre había acogido a sus sobrinos que habían quedado huérfanos por la gripe española, una joven de 16 años, Isabel Rojas, y su hermano de 12.
Ella, pero, no podía mantener tantos hijos y decidió casar a su hijo Diego con su sobrina huérfana para que se marcharan de casa e hicieran su vida juntos.
Isabel y Diego tuvieron 3 hijos: Antonio (mi abuelo), Cati y Anica (que tenía cierta discapacidad).
Cuando mi abuelo era pequeño decidieron buscar oportunidades en Barcelona y se instalaron en el barrio del Poblenou.
Antonio tuvo una infancia complicada, pues su padre Diego no trabajaba, era alcohólico y se gastaba en alcohol lo que su mujer ganaba trabajando en el mercado del Clot vendiendo verduras.
Diego falleció cuando Antonio era joven, quizás esto aportó un poco de paz a la familia.
Antonio jugaba al fútbol, con el club deportivo Júpiter y estaba federado en la tercera división regional. Entre los jugadores lo llamaban “el oso”.
Pero también aprendió el oficio de calderero y tenía un buen empleo en la empresa textil Can Medir, en el número 18 de la calle Castella, muy cerca del domicilio de los Calderón. En los años cincuenta ya contaba con varios años de antigüedad y muchos domingos, cuando subía a casa de sus futuros suegros, solía contar anécdotas de la fábrica, como que cuando entraba un chico nuevo le preguntaban tres cosas: si sabía escribir, si sabía leer y si no robaría.
Cuando la familia conoció a Antonio Martínez, todos coincidieron en que Paquita había encontrado al hombre más bueno del mundo.
Paquita y Antonio coincidían a menudo en la cooperativa cuando ella ayudaba a su madre con las compras mientras él se tomaba un vino con algunos de sus compañeros de trabajo, antes de ir a casa a comer. En otras ocasiones, él, en pie junto al mostrador de mármol disimulando y sujetando su vaso, la observaba a través del inmenso espejo de la pared del fondo, mientras ella cruzaba a paso ligero la sala grande del bar. La joven, con evidente timidez y sin poder evitar que sus mejillas se sonrojasen, pasaba junto a las mesas repletas de hombres que jugaban a las cartas, al dominó o al ajedrez, sacudiendo de vez en cuando la espesa niebla de humo con la mano al tiempo que su cara se constreñía evidenciando su malestar. Antonio sonreía al ver la escena que se repetía prácticamente a diario. Paquita encontraba siempre a su padre en una de las mesas, sentado junto a tres de sus amigos discutiendo sobre el bien y el mal o el valor de la palabra dada. Al ver a su hija, se despedía de inmediato poniéndose en pie, perfilaba las puntas de su enorme bigote con ambas manos y la invitaba a caminar hacia la salida siguiéndola mientras saludaba a su paso al resto del personal.
Antonio era un hombre con muchas cualidades, pero la más destacada era su capacidad de aprendizaje. Listo como una ardilla, en su casa tenía un libro de ingeniería, la carrera que le hubiera gustado estudiar si en su casa se lo hubieran podido permitir. Siempre trabajó como calderero en la fábrica, donde todos reconocían su destreza con el metal.
Paquita y Antonio se casaron el 7 de julio de 1953, el 24 de abril de 1954 nacía su primera hija, Maria Dolores y en 1959 nacía su hijo Javier.
Antonio falleció el 2009 cuando enfermó de Alzheimer.