La cuarta hija de José y Lola era muy delgada y guapa como sus hermanas.
Nació el 25/3/1922 y falleció el 25/7/2013.
Aunque todos la llamaban Lola, en la novela “La última rosa” la citamos siempre como Dolores para diferenciarla de su madre que también se llamaba Lola.
Era muy racional e inteligente. Ella siempre reclamó que no la habían dejado estudiar.
Con 7 años la enviaron al pueblo, pues tenían miedo porqué no comía suficiente y pensaban que iba a morirse. Y allí quedó desescolarizada. La enviaron en barco junto con otra familia que tenían una niña de edad similar. Al llegar la familia con la que viajaba la llevaron a su casa y allí fueron los abuelos a recogerla. Allí Dolores pasó los dos años más tristes de su vida. En el pueblo la llamaban la catalanica. Los abuelos no la dejaban salir de casa ni hacer nada por miedo a que le pasara algo malo. Los vecinos del pueblo fueron un día a buscarla para la fiesta del Palmito, típica del campo de Cartagena, decían: déjenos a la catalanica que la llevaremos a la fiesta del Palmito. Y los abuelos decían que no, que si a la niña le pasaba algo su hijo no se lo perdonaría. Allí no podía estudiar y venía un maestro al pueblo un día a la semana. Volvió a Barcelona con 9 años, y entonces pudo volver a la escuela, aunque por poco tiempo, porque con 10 años la pusieron de hacer de aprendiz de modista.
Entró como aprendiz en un taller de costura que confeccionaba vestuario para compañías de teatro. Junto a María Reguán Piqué, la muchacha aprendió a dominar el patronaje, aguja e hilo de manera profesional.
Años más tarde, además de continuar trabajando en el taller de costura de la señora Reguán, Lola encontró un segundo empleo cosiendo para un prestigioso diseñador de alta costura, Pedro Rodríguez, un modisto con taller propio situado en el Paseo de Gracia de Barcelona, donde la aristocracia y burguesía de la ciudad acudía para hacerse los mejores trajes a medida.
Con estos dos trabajos, durante años fue ella la que sostuvo el peso de la economía familiar.
Con el tiempo, Lola, gracias a su carácter emprendedor, decidió montar en las estancias más grandes de la vivienda de sus padres, un pequeño taller de costura. Además de conservar todavía uno de sus dos empleos como modista junto al sastre Rodríguez, pensó que sería buena idea coser para las vecinas haciendo pequeños arreglos, piezas de ropa para los niños y vestidos modestos para las mujeres que carecían de los recursos de las aristócratas y nuevas ricas que acudían a la sastrería de Paseo de Gracia. Su hermana Roca la ayudaba por las tardes y la pequeña de los Calderón, Paquita, también las acompañaba de vez en cuando para aprender el oficio de sus hermanas. José Calderón había acogido la iniciativa de Dolores con orgullo por la responsabilidad y dedicación al trabajo que demostraba a diario, pero naturalmente, como buen cabeza de familia, quiso dejar allí también su poso de autoritarismo y exigió que al taller solo entrasen mujeres. Nada de hombres. Aquel era un piso mucho más grande que en el que habían vivido hasta entonces. El recibidor invitaba a entrar, vestido con una gran alfombra que le daba un aire regio y elegante. Todas las habitaciones tenían luz natural y en la que montaron el taller de costura, la más amplia, también colocaron algunos espejos, un biombo y cubrieron el suelo con varias alfombras para que sus clientas pudieran cambiarse de ropa sin coger frío.
En 1940 conoció a Juan José Vallejo e iniciaron su noviazgo. Y el 1945, cuando Lola cumplió 23 años, Vallejo y ella se casaron en el Centro Moral y Cultural del Poblenou. Al día siguiente, Dolores y Vallejo iniciaban su viaje de novios, aprovechando el abono del “quilomètric”, hacia Valencia y Madrid, donde ella conocería a algunos de los familiares de su marido que no habían podido asistir a su enlace. A su regreso, la pareja se instaló a vivir en un piso de la calle Espronceda, en el número 191.
En diciembre de aquel mismo año nacía la primera hija de la pareja, Rosario. Sin embargo, Dolores quiso continuar trabajando fuera de casa mientras su madre se quedaba cuidando a la pequeña. En enero de 1948 nacía la segunda hija de Dolores y Vallejo, una preciosa niña a la que llamaron Núria. En 1950 Dolores y Vallejo tuvieron a su primer hijo varón, José Carlos.
Por otro lado, el taller de corte y confección de Lola se trasladó a su propia casa, donde las hermanas-modistas seguían reuniéndose para trabajar en la sala donde Lola había montado su taller. Las conversaciones entre las costureras, mientras las clientas se probaban sus vestidos, seguían siendo una de las diversiones de las hermanas. Ahora estaban rodeadas de sus hijas e hijos más pequeños que dibujaban y jugaban en un rincón de la estancia. Anécdotas y chascarrillos del barrio continuaban amenizando aquellas tardes.
Dolores y Vallejo vieron crecer su familia con el nacimiento de dos hijas más, Loles, en abril de 1957 y Bel, en mayo de 1958. Sus padres, pero especialmente Vallejo, les inculcó los mismos valores democráticos por los que había luchado siempre: solidaridad, respeto, justicia. Una educación que reafirmaba sus ideales socialistas al mismo tiempo que descubría a sus hijos una forma de vida lejos de las políticas impuestas por la dictadura que les había tocado vivir.
En los años sesenta, Dolores y Vallejo estuvieron de acuerdo al escoger para sus hijos una educación alejada del nacional-catolicismo que impregnaba el sistema de enseñanza de la dictadura. Puesto que descartaron las escuelas de élite como el liceo francés o el alemán, donde acudían los hijos de familias afines las régimen, Rosario, Núria y José Carlos serían alumnos de la escuela italiana.
Cuando sus hijos ya eran jóvenes y andaban solos por el mundo, su hijo José Carlos entró a trabajar en la SEAT de traductor de italiano. Lo que ella no sabía era que su hijo participaba activamente repartiendo folletos comunistas y fue detenido, encarcelado y apaleado por la policía franquista en las dependencias de Vía Laietana.
Durante veintidós días el joven permaneció secuestrado en los sótanos de las dependencias policiales. Sus padres acudían casi a diario a reclamar una visita para comprobar el estado de su hijo. Uno de aquellos días en los que se presentaron con sus dos hijas pequeñas, los agentes les entregaron la ropa del detenido ensangrentada. Le torturaron día tras día. Dolores y sus hijas le llevaban ropa limpia. “Mejor si le llevamos mucha y así puede ponerse varios jerséis y no le dolerán tanto los golpes”, decía la mujer.
Desde allí lo enviaron a la cárcel Modelo de Barcelona, donde permaneció durante seis meses. Allí su madre le llevaba tortillas de patata y croquetas que preparaba ella misma y algunas de sus amigas y vecinas. Antes de entrar a verle, los guardias le entregaban la ropa sucia de su hijo para que, después de lavarla, volviera a llevársela a prisión.
Cuando salió en libertad provisional, José Carlos se reincorporó a su trabajo mientras estaba a la espera de juicio, hasta que un mes más tarde lo despidieron.
Durante meses, el joven apenas apareció por su casa. Continuaba con sus actividades clandestinas durmiendo en el pequeño taller de su padre. Casi un año después, fue allí cuando una noche le volvieron a detener. La Brigada Político Social, decidió vengar su derrota moral al ver cómo se conmutaba la pena de los miembros de ETA ensañándose con todos aquellos a los que detenía durante los meses posteriores. Uno de ellos fue José Carlos Vallejo. En aquella ocasión las torturas fueron salvajes y cuando el joven pudo salir en libertad bajo fianza, no dudó en escapar.
A partir de entonces y durante varios años, la policía se presentaba a menudo en casa de Vallejo y Lola. Siempre acudieron con el mandamiento judicial en la mano. En silencio, Dolores presenciaba como irrumpían en su hogar destrozándolo y revolviéndolo todo. Rompiendo objetos, recuerdos de toda una vida, por el mero hecho de hacer daño mientras la interrogaban sobre el paradero de su hijo.
José Carlos huyó en dirección a Francia donde permaneció escondido. Las montañas del Pirineo no eran un terreno desconocido para él. Sus excursiones y la escalada que había practicado siendo un adolescente le ayudaron a sobrevivir y a desenvolverse en plena naturaleza. Cuando, en alguna ocasión, venía a visitar a su familia, por precaución, nunca aparecía por casa de sus padres. Su tía Paquita sabía cómo informar a Dolores sin llamar la atención.
—Dolores, ¿quieres venir a casa a comer? —le preguntaba a su hermana por teléfono.
—¡Claro que sí! Hace mucho no voy. Se lo diré también a las niñas, a ver si alguna quiere venir. —contestaba sabiendo que su hijo estaba en su casa.
Las dos hermanas Calderón inventaron un código para comunicarse sin levantar sospechas. Sus claves eran perfectas para que Vallejo y su mujer pudieran ver a su hijo de vez en cuando.