Dolores (Lola), nació el 1891 y falleció el 8/01/1954 con 63 años y a causa de un Carcinoma de colon. Era una de las 12 hermanas de su familia y tenía un gemela.
Dolores Ramon Zapata, hija de José Ramón Hernández y de Isabel Zapata García “La Pava” que había tenido 12 hijos.
De joven conoció a José Calderón Pérez y contó a su familia su intención de irse con él, en la región se conocía como “robarse” o “robar a la novia”.
Así pues, una noche, mi bisabuelo José llegó a casa y le dijo a su madre: “Mamá, vengo con Lola”.
A partir de ese día, los novios convivieron junto al resto de la familia hasta que dos años después, Lola quedó embarazada de la que sería su primera hija, Josefina Calderón Ramón. Había llegado el momento de casarse. Después de reunir el dinero necesario para tener su propia casa, el 2 de abril de 1914, José Calderón y Dolores Ramón se casaron en la localidad de El Algar.
Aquel mismo año, el 27 de julio, el matrimonio ampliaba la familia con el nacimiento de su primera hija, Josefina. Y cuatro años después, nacía su primer hijo varón, al que siguiendo la tradición familiar llamaron Mariano. Después siguieron Isabel y Dolores.
Y siendo Dolores un bebé, en 1922 emigraron a Barcelona.
Dos años después de su llegada a Barcelona, en 1924, nacía una criatura más en el seno de la familia Calderón, una niña a la que llamaron Roca y en 1926, tan solo con dos años más de diferencia, Lola daba a luz a la última de las niñas de la familia, la pequeña Francisca, a la que desde siempre llamaron Paquita. La matriarca tenía entonces treinta y cuatro años y su marido treinta y ocho. La mujer, pese haber sido madre en la ciudad catalana en dos ocasiones, siempre recordaría: en Barcelona me enseñarían cómo no tener más hijos.
Lola siempre colaboró con la economía familiar, trabajaba lavando ropa para familias burguesas de la ciudad. Recogía las prendas en el domicilio de cada familia, se las llevaba a su casa y allí las lavaba para entregarlas planchadas y perfectamente dobladas al cabo de unos pocos días. Aquel dinero no solo representaba un apoyo económico para la familia, sino que, al mismo tiempo, le permitía relacionarse con gente de otro entorno.
Dolores tenía mucha mano izquierda para torear a su marido. Nunca se le puso en contra, pero sabía qué teclas tocar para salirse con la suya ante la voluntad de su marido y para que sus hijas tuvieran un poco más de aire y pudieran hacer “libremente” cosas de juventud que el padre no les permitía, como era poderse cortar el pelo a la moda, llevar colorete o pintarse las uñas.
Una de las clientas fijas de Lola era la matriarca de una familia de postín que vivía en el barrio de l’Eixample Dret de la ciudad, junto al Passeig de Gràcia. La mujer, extremadamente religiosa, solía interesarse por las prácticas cristianas de Lola y la doctrina que infundía a sus propias hijas. Lola ya no sabía cómo disimular y esquivar el tema, porque lo cierto es que su marido era un ateo convencido, igual que ella, que siempre se había sentido incrédula ante cualquier fervor religioso. Pero a la señora se le metió entre ceja y ceja que las hijas de Lola hicieran la comunión. Y ella sin decirle nada a su marido José y para quedar bien con la señora hizo que Josefina e Isabel hicieran la comunión.
El anuncio del primer embarazo de su hija Paquita se tiñó de oscuro cuando Lola reaccionó de un modo inesperado. ¡Anda que te ha faltado tiempo! Le dijo poniendo en duda que aquel bebé se hubiera concebido después del matrimonio. Aquel comentario o simplemente el hecho de poner en duda su virginidad, dolió tanto a Paquita que no volvió a dirigirle la palabra a su madre.
Y cuando esta falleció el 8 de enero de 1954, a los sesenta y tres años, a causa de un carcinoma de colon y Paquita cumplía su quinto mes de embarazo. La hija, rota de dolor, no conseguía perdonarse a sí misma el rencor que había acumulado hacia su madre cuando le profirió aquella frase que cuestionaba su honor.
Aquel día en el cementerio, frente a la sepultura de Lola, su hija pequeña se lanzaba sobre el ataúd desesperada. —¡Madre, perdóneme! Lo siento… —gritaba sobre el féretro. Nadie en la familia olvidaría nunca la imagen de Paquita, con su abultada barriga, apoyada de rodillas sobre el suelo y recostada sobre la caja fúnebre mientras lloraba desconsolada por la muerte de su madre.