Francisca Calderón Ramón

La sexta hija y última hija de José y Lola nació el 31 de agosto del 1926 y falleció el 10/09/2015 a la edad de 89 años.

Su madre tenía 34 años cuando nació y su marido 38.

De pequeña Paquita estudió en la Escola Casas, en el barrio del Clot. La institución inaugurada en 1933, mantenía el proyecto pedagógico innovador de la Segunda República con el que sus padres se sentían identificados.

En las cartas que su padre José envía a Mariano cuando está encarcelado tras la guerra, explica que Paquita seguía sufriendo algunos de sus ataques, pero que no eran tan fuertes. En la familia no sabemos de qué ataques se trata porque ella nunca lo explicó.

Durante su juventud acompañaba a su hermana Roca y a su prometido Guixé, haciéndoles de carabina.

Del libro “La última rosa” son estas líneas que hablan sobre mi abuela Paquita:

Paquita tenía entonces catorce años. Guapa y elegante como sus hermanas, era, sin embargo, y a diferencia de ellas, una niña callada e introvertida. Quizás fuera a causa de aquellos extraños ataques que solía sufrir durante la guerra por lo que su padre sentía el impulso de protegerla de todo y de todos. Y curiosamente había heredado también su carácter. Cuando se convirtió en una adolescente que cosía junto a sus hermanas, todos se dieron cuenta de que, sin duda, era la mejor costurera de todas las hermanas. «Mírala, le decía Dolores a Roca señalándola, si apenas se ven las puntadas». Aquella no era la única de las virtudes de Paquita. La muchacha ayudaba a su madre a todas horas con la limpieza, recogía todo lo que caía al suelo, pasaba la escoba por el piso, especialmente por la alfombra que pisarían después las clientas y no soportaba que una mota de polvo ensombreciera las repisas o los muebles de cualquier parte de la casa. Paquita tenía verdadera obsesión con la limpieza.

A medida que su hija menor crecía, Lola empezó a sospechar que quizás, el carácter agrio de Paquita, se debía a su falta de atenciones siendo tan solo una criatura. Entonces todos trabajaban en casa para que Mariano pudiera estudiar, después llegó la guerra y las penurias, el caso era que, por una u otra circunstancia, nunca había podido dedicarle mucho tiempo. Paquita nunca había tenido amigas, tampoco juguetes, a excepción de un soldadito de plomo articulado que Mariano le trajo durante uno de sus permisos durante la guerra. Su hermano mayor lo había encontrado en una casa que había sido bombardeada y al verlo, se acordó de la más pequeña de la familia y se lo llevó para que jugase con él. Paquita había agradecido aquel obsequio como si se tratase de algo mágico, maravilloso. Iba a todas partes con él y con los retales que recogía en casa le cosía ropa para vestirlo. Ahora Paquita era ya una jovencita de cara redonda, ojos oscuros y unos labios finos que a duras penas despegaba para hablar. Solía peinarse como su hermana Roca, dejando su larga melena caer sobre sus hombros formando ondas, a la moda de la época. Sobre su frente, el cabello retirado hacia un lado dejando la cara despejada para que no le estorbara al coser y su mirada siempre profunda, como si intentase adivinar los pensamientos de quienes hablaban a su alrededor. Una mujercita enigmática, seria, callada, el vivo retrato de su padre.

Cuando la hermana de José enviudó con 4 hijos le pidió cobijo a su hermano. Aunque José le dijo que no había espacio para 5 personas, sí accedió a que viniera una de las hijas, su sobrina Fina. Que se instaló en la casa y se hizo muy amiga de Paquita, al ser las dos de la misma edad, iban juntas a todas partes, hasta eran parecidas físicamente y era habitual que pasaran por hermanas.

En 1946 Paquita ya había empezado a coser gabardinas en el taller de un sastre. Su destreza con la aguja causaba admiración entre sus hermanas. Se hacía su propia ropa y todas las prendas que confeccionaba eran la envidia de las mujeres del barrio. Sin embargo, su carácter áspero no se había pulido con el paso de los años y producía cierto rechazo. Era como si tuviera inquina a la vida y algo que nadie conocía le impidiera ser feliz. La compañía de su prima Fina la ayudó a salir un poco más de casa, de acudir de vez en cuando a la cooperativa y socializar con jóvenes del barrio. Era una muchacha agraciada, con un cuerpo de formas redondeadas y un aspecto siempre impecable, pero su mirada mustia y reservada le hacía perder parte de su encanto natural.

En 1952 Paquita empezó a salir con Antonio, un chico del barrio de Poblenou. Su vida en pareja se relata así en la novela de “La última rosa”:

Cuando la familia conoció a Antonio Martínez, todos coincidieron en que Paquita había encontrado al hombre más bueno del mundo.

Antonio era uno de los empleados de la empresa textil Can Medir, en el número 18 de la calle Castella, muy cerca del domicilio de los Calderón. La fábrica tenía entonces unos doscientos trabajadores y él ocupaba uno de los puestos como calderero. En los años cincuenta ya contaba con varios años de antigüedad y muchos domingos, cuando subía a casa de sus futuros suegros, solía contar anécdotas de la fábrica, como que cuando entraba un chico nuevo le preguntaban tres cosas: si sabía escribir, si sabía leer y si no robaría.

Paquita y Antonio coincidían a menudo en la cooperativa cuando ella ayudaba a su madre con las compras mientras él se tomaba un vino con algunos de sus compañeros de trabajo, antes de ir a casa a comer. En otras ocasiones, él, en pie junto al mostrador de mármol disimulando y sujetando su vaso, la observaba a través del inmenso espejo de la pared del fondo, mientras ella cruzaba a paso ligero la sala grande del bar. La joven, con evidente timidez y sin poder evitar que sus mejillas se sonrojasen, pasaba junto a las mesas repletas de hombres que jugaban a las cartas, al dominó o al ajedrez, sacudiendo de vez en cuando la espesa niebla de humo con la mano al tiempo que su cara se constreñía evidenciando su malestar. Antonio sonreía al ver la escena que se repetía prácticamente a diario. Paquita encontraba siempre a su padre en una de las mesas, sentado junto a tres de sus amigos discutiendo sobre el bien y el mal o el valor de la palabra dada. Al ver a su hija, se despedía de inmediato poniéndose en pie, perfilaba las puntas de su enorme bigote con ambas manos y la invitaba a caminar hacia la salida siguiéndola mientras saludaba a su paso al resto del personal.

Antonio era un hombre con muchas cualidades, pero la más destacada era su capacidad de aprendizaje. Listo como una ardilla, en su casa tenía un libro de ingeniería, la carrera que le hubiera gustado estudiar si en su casa se lo hubieran podido permitir. Siempre trabajó como calderero en la fábrica, donde todos reconocían su destreza con el metal.

Paquita y Antonio se casaron el 7 de julio de 1953. Su prima Fina, con la que tantas horas había pasado cosiendo en el taller de su hermana, le confeccionó su vestido de novia. Ella tenía entonces veintiséis años, “me casé vieja”, recordaría al cabo del tiempo. Como regalo de bodas, igual que habían hecho con el resto de sus hijas y con Mariano, los padres obsequiaron a los novios con el carnet de socios de la Cooperativa Pau i Justícia. Aquello era más que un regalo, era una declaración de intenciones, un legado que implicaba el sentido de pertenencia a una entidad que representaba el corazón del barrio. Un medio de subsistencia material y cultural. El regalo más emotivo que podían hacerles.

Aquel día, José envió una carta a la familia del pueblo. Acaba de casarse la última rosa de mi rosal, les anunciaba. Cuando Paquita lo supo, orgullosa y emocionada, grabó para siempre aquella frase en su corazón.

Paquita abandonaba por primera vez la casa de sus padres para ir a vivir junto a su marido a casa de su suegra, en un piso situado en una construcción antigua de tres plantas, en la calle Bilbao, junto al campo de fútbol de Pere IV en confluencia con Espronceda, conocido como All i Oli. Antonio era jugador del Club Esportiu Júpiter, el equipo local de aquel campo, al que la gente bautizó de aquel modo por la tradición de los aficionados a llevar esta salsa para acompañar su comida durante los partidos. Entre ellos, los cuñados del nuevo miembro de la familia Calderón.

La suegra de Paquita era viuda. La mujer había vivido hasta entonces con sus tres hijos, Antonio, Cati y su hermana menor Anica, que tenía cierto grado de discapacidad psíquica, y se encargaba de la limpieza y de traer cubos de agua de la fuente de la esquina a todos los vecinos del edificio.

El cambio de domicilio fue para la recién casada una abrupta transformación en su vida. Había pasado de vivir junto a sus padres, en un piso grande y luminoso en el que también veía a menudo a sus hermanas, para mudarse a un pequeño piso, sin agua corriente y sin apenas luz y donde la higiene no eran las más recomendables, especialmente para Paquita, siempre obsesionada con la limpieza. Allí tenía que iniciar su vida matrimonial, junto a su suegra y su cuñada. Su nueva etapa como mujer casada, viviendo en aquel piso, no parecía que fuese a mejorar su ya de por sí áspero carácter. José, siempre pendiente de su hija pequeña no tardó en darse cuenta de ello.

El anuncio del primer embarazo de Paquita se tiñó de oscuro cuando su madre reaccionó de un modo inesperado. ¡Anda que te ha faltado tiempo! Le dijo poniendo en duda que aquel bebé se hubiera concebido después del matrimonio. Paquita lanzó una mirada de odio a su madre. Aquel comentario o simplemente el hecho de poner en duda su virginidad, dolió tanto a Paquita que no volvió a dirigirle la palabra a su madre. No le dijo nada, no se enfrentó a ella, pero no quiso volver a hablar con ella.

(…) El 8 de enero de 1954, moría a los sesenta y tres años la matriarca de la familia, Dolores Ramón Zapata, a causa de un carcinoma de colon. José parecía haber perdido una parte de sí mismo (…)

Paquita cumplía su quinto mes de embarazo cuando enterraron a su madre. La mujer, rota de dolor, no conseguía perdonarse a sí misma el rencor que había acumulado hacia su madre cuando le profirió aquella frase que cuestionaba su honor. Aquel día en el cementerio, frente a la sepultura de Dolores, su hija pequeña se lanzaba sobre el ataúd desesperada.

—¡Madre, perdóneme! Lo siento… —gritaba sollozando sobre el féretro.

Nadie en la familia olvidaría nunca la imagen de Paquita, con su abultada barriga, apoyada de rodillas sobre el suelo y recostada sobre la caja fúnebre mientras lloraba desconsolada.

José quedó muy afectado por lo que había presenciado. Sin dudarlo, quiso consolar a su hija a la vez que la ayudaba en su primer embarazo. Pensó que aquel piso sin agua corriente, húmedo y sin apenas luz, no era el mejor lugar para que su hija pequeña embarazada y Antonio formasen una familia. Tal y como siempre había hecho con todos sus hijos y puesto que ahora disponían de más espacio en su casa, propuso que se mudaran para vivir junto a él, su hija Josefina y los dos niños.

—¡De eso ni hablar! —dijo Josefina con rotundidad.
Pero hija, no pareces tú, pero ¿cómo le voy a negar a tu hermana que venga a vivir a mi casa estando embarazada y viviendo en esas condiciones? ¿Es que no os ofrecía a vosotros que volvierais cuando Isabel y Sisco, se marcharon a vivir por su cuenta? ¿Y a Mariano y Lolín, no les dije lo mismo cuando lo necesitaron? No, no puedo hacerle eso a Paquita.
Tu Paquita se tendrá que espabilar con su marido. Aquí no vuelve.

Sumida por la tristeza y la rabia por la muerte de su madre y su marido, Josefina era incapaz de razonar y mucho menos de transigir. Se mantuvo firme ante su padre negándose a compartir la vivienda con su hermana y su cuñado.

Como respuesta, José dejó de hablar a su hija mayor durante el resto de su vida.

Y por este motivo también, cuando años más tarde y por sorteo le tocó uno de los pisos de vivienda protegida del Grupo Civit, iniciativa de Pau i Justícia, José se lo cedió a Paquita y Antonio.

Meses después, Paquita daba a luz a su primera hija. El 24 de abril de 1954 nacía una preciosa niña a la que, en recuerdo y para honrar a su madre quiso bautizar como María Dolores y a la que cariñosamente todos llamarían Loles.

Poco a poco, el luto dejó paso a nuevas alegrías, cada vez nacían más niños dando vida a las casas de los Calderón y aquello daba lugar a encuentros para que los primos jugasen y estrechasen las relaciones entre ellos.

En 1959 Paquita y Antonio tuvieron a su primer hijo varón, Javier, que se convirtió en el predilecto de su madre. Quizás siguiendo el modelo establecido años atrás en casa de sus padres, de los niños varones sus padres se debían enorgullecer. El caso es que Javier fue siempre el ojito derecho de su madre.

Cuando el sobrino de Paquita que era además su ahijado, José Carlos se exilió tras escapar por las detenciones y torturas recibidas por la policía franquista, en alguna ocasión había podido venía a visitar a su familia, pero por precaución, nunca aparecía por casa de sus padres e iba a casa de su tía Paquita. Ella sabía cómo informar a su hermana Lola sin llamar la atención:

—Dolores, ¿quieres venir a casa a comer? —le preguntaba a su hermana por teléfono.
—¡Claro que sí! Hace mucho no voy. Se lo diré también a las niñas, a ver si alguna quiere venir. —contestaba sabiendo que su hijo estaba en su casa.

Las dos hermanas Calderón inventaron un código para comunicarse sin levantar sospechas. Sus claves eran perfectas para que Vallejo y su mujer pudieran ver a su hijo de vez en cuando.

En 1986 fallecía su hermana Isabel de leucemia, con tan solo sesenta y seis años. Durante el proceso de su terrible enfermedad, su hermana Paquita acudía prácticamente a diario a cuidarla y atenderla. Muchos de los miembros de la familia Calderón descubrieron entonces a una Paquita cariñosa y paciente, dedicada por completo a cubrir de atenciones a su hermana y su familia, tanto como haría muchos años después con su propio marido, Antonio, cuando enfermó de Alzheimer hasta que falleció en 2009.

Mi abuela Paquita era tremenda!

Una señora que a menudo señalaba lo que hacíamos mal.

En mi adolescencia era habitual que dijera:

– Vaya pelos que me llevas niña, hazte una cola para que podemos verte la cara

A mí su queja me entraba por un oído y me salía por el otro tal cual sin procesar.

Los domingos cocinaba una paella deliciosa que disfrutábamos toda la familia y estando en la mesa sentados nosotros alagábamos su labor y ella contestaba mencionando el precio de todos los ingredientes:

– Ya puede estar buena porque las gambas me han costado tanto. La sepia tanto más. Los mejillones otro tanto…

Nosotros nos mirábamos como diciendo: ya está otra vez informándonos del precio de todo…

La verdad es que aún y sus quejas y los pocos mimos que recibíamos de su parte, la queríamos tal como era.

Entonces llegó la crueldad de la vejez y la demencia y su humor cambió. Pasó de gruñona sin más a cómica estilo Eugenio.

Un día estábamos en su casa mi madre, ella y yo, y me dijo:

– Anda, qué guapa que estás, ¡qué pelo más bonito!

Yo no cabía en mi de gozo por este tan singular piropo y le dije:

– ¿Si yaya? ¿Te gusta mi pelo?

Entonces ella se giró hacia mi madre y le dijo como si yo no estuviera:

– Mírala, dice que si me gusta su pelo, ¡pero si parece que lleve un mocho en la cabeza!

Mi madre y yo nos empezamos a tronchar de la risa.

El caso es que en esta primera etapa de la demencia tuvimos que asistir al funeral de un familiar.

Fuimos al tanatorio y en la sala del velatorio nos sentamos en el sofá después de saludar a la familia.

Cada vez había más gente en la sala y algunos hacían cola para ver el difunto.

Entonces mi abuela se levantó y avanzó en dirección a la cola diciendo:

– Niña, vamos allí que con tanta gente deben regalar algo.

Mi madre, que también lo escuchó, me miró y a las dos nos entró la risa floja.

La complicidad entre nosotras hacía que las carcajadas salieran a borbotones solo con mirarnos.