El joven, Josep Guixé, al que todos nombraban por su apellido, era un poco más alto que Roca, de cabello negro peinado a la moda, hacia atrás y abrillantado, delgado a fuerza de hambruna, vivaracho y divertido. Vivía en la portería que regentaba su madre en el edificio de la esquina de la Rambla con la calle Pallars, muy cerca de los Calderón. Su carácter agradable y divertido resultó ser un factor esencial para que la relación prosperase, Paquita no tenía ningún reparo en acompañarlos en sus excursiones cumpliendo a la perfección su función de carabina.
A finales del mes de septiembre de 1938 Guixé recibía, a sus dieciocho años, el llamamiento a filas. Era «La Quinta del Biberón», el último aliento de una República que comenzaba su declive. Sin ningún tipo de formación, jóvenes de diecisiete y dieciocho años abandonaban las escuelas y sus puestos de aprendiz en las fábricas para luchar en primera línea de combate.
Guixé había regresado después de pasar un mes en el frente participando en la Batalla del Ebro y, aunque su novia era todavía muy joven, la pareja pensaba casarse, de modo que necesitaban ganar algo de dinero para empezar una vida juntos.
A punto de cumplir veinte años y después de regresar vivo de la Batalla del Ebro, el novio de la cuarta hija de la familia Calderón estaba convencido de que lo peor había pasado y ya era el momento de pensar en trabajar y ahorrar para casarse. Con lo que no contaba era con ser uno de los jóvenes en edad de reclutamiento al que el nuevo régimen impuso el servicio militar obligatorio.
Cuando recibió la notificación con la orden de acudir dos días después a Capitanía General, en el Paseo de Colón, lo primero que hizo fue ir corriendo a casa de los Calderón para decírselo a su novia. Roca escuchó la noticia llorando de amargura. No entendía por qué tenía que volver a colgarse el fusil al hombro.
Finalmente, los dos jóvenes tuvieron algo de suerte y Guixé fue destinado a Tarragona. Puesto que su madre era de El Lloar, en la comarca del Priorat, en la misma provincia, a ninguno les pareció que se tratase de una distancia que no les permitiera verse de vez en cuando si le concedían algún permiso y aquello restó gravedad a la situación.
Algunas de aquellas tardes, cuando disfrutaba de algún permiso durante el servicio militar, Guixé aparecía por sorpresa por el taller. Siempre con ganas de diversión y gastando bromas, llegaba cantando o abría la puerta dándoles un susto al grito de «¡Aaaaahhh, ya estoy aquí!» Provocando un sobresalto antes del estallido de risotadas de las mujeres. Naturalmente, el novio de Roca procuraba asegurarse primero de que su futuro suegro no estuviera cerca. Cuando se cruzaba con él paseando al pequeño Ismael, o subía a saludar a su futura suegra y comprobaba que estaba sola, aprovechaba el momento para hacer su visita a las modistas. Una de aquellas tranquilas tardes de costura, Guixé apareció como de costumbre riendo y contando chistes y anécdotas divertidas cuando, de pronto, Dolores escuchó cómo se abría la puerta de la vivienda y de inmediato el saludo de su padre. Roca sujetó a su novio por ambos brazos arrastrándole hasta el ventanal donde colgaban dos enormes cortinas, una a cada lado de la cristalera justo unos segundos antes de que José entrase a saludar a sus hijas, mientras ellas, temblando de miedo, miraban de reojo los zapatos que asomaban a un lado de la ventana y que, sigilosamente, acariciaban los flecos de la cortina cada vez que Guixé se movía. Cuando José por fin abandonó la estancia, sus hijas soltaron todo el aire de sus pulmones, mientras el joven ahogaba una carcajada con sus manos.
Roca y Guixé se casaron a mediados de los años cuarenta, en 1946 en cuanto él consiguió empleo como contable en el Banco Central. Ella, que seguía cosiendo en el taller de Dolores, continuó trabajando regularmente cuando, meses después de su boda tuvo a su hijo Josep. En 1948 nació la pequeña Dolors y en 1951 tuvieron a su tercer hijo, Enric. El 1953 nació Mercè. Roca y Guixé tuvieron dos hijos más, Jordi nació en 1957 y Elisabet que nacía en 1963. Tuvieron seis hijos en total, tres niños y tres niñas.
Toda la familia solía reunirse a menudo en la casa que Roca y Guixé tenían en El Lloar, primero fue en una casa de alquiler y unos años después compraron la de una de las vecinas que había fallecido a la que todos allí conocían como La Mongeteta. Allí todos se pasaban horas jugando al fútbol, disfrutando de la naturaleza y respirando aire puro. Aunque la casa no era muy grande, a los sobrinos les encantaba quedarse a dormir allí. Tiraban colchones y mantas en el suelo y se dormían tardísimo después de charlar y reír durante horas.