Juan José Vallejo había nacido en Toledo, pero vivía en Madrid cuando se alistó para formar parte del Ejército Popular. El golpe de estado fascista interrumpió una vida dedicada al deporte, concretamente en aquel momento a la presidencia del actual Club de Fútbol Real Madrid, pero que, en 1936, se denominaba Madrid Football Club. A Aquel hombre de ideales socialistas, contaba con el reconocimiento de tener un gran concepto de los principios deportivos, quizás por ello también se involucró en la organización de las Olimpiadas Populares de 1936 que finalmente no pudieron celebrarse en Barcelona, tal como estaba previsto. Él había sido la persona que encabezó la incautación del club de fútbol durante el comienzo de la guerra cuando la Federación Cultural y Deportiva Obrera, el órgano sectorial del Frente Popular, tomó la entidad deportiva el 4 de agosto de 1936, así como otros estamentos futbolísticos de la ciudad cercados por las tropas golpistas, como la Federación Española de Fútbol o el Colegio de Árbitros.
El carácter del joven, amable y juicioso, dejando siempre al margen toda discusión sectaria o frenetismos idealistas, llamó la atención de Mariano desde el primer momento en el que se conocieron, durante las maniobras conjuntas de sus Divisiones en Badajoz
Los dos jóvenes volvieron a coincidir estando presos en el campo de concentración de Rota.
—¡Firmes! ¡Ar! Aquellos sacos de allí, los cogen, los llenan de arena, los cargan a la espalda y los llevan hasta la otra punta de la playa. Allí los vacían, los llenan de arena de aquella zona y los traen otra vez hasta aquí. Así hasta la hora del rancho. En silencio. Adelante.
Aquella no era la única tarea que cumplían los presos de Rota. Los cautivos se convirtieron también en esclavos a las órdenes de militares y autoridades civiles, para encargarse de la construcción de calles de la localidad. Fue durante uno de esos cometidos cuando a Mariano se le acercó un camarada al que había conocido durante unas maniobras al inicio de la guerra. Los dos hombres se miraron fijamente mientras colocaban en el suelo una carretilla de cemento para sumarse a la fila del rancho.
Encontrarse en Rota fue una alegría para ambos, que ya no se separaron durante su condena en el Campo de Concentración. Mariano, poco a poco, fue recuperando la moral. Entre los dos se animaban y se ayudaban, se cedían parte del rancho, se desparasitaban, compartían la ilusión de las cartas y los disgustos de las pérdidas de otros compañeros presos, pero lo mejor era haber perdido la sensación de soledad y abandono en aquella tierra, tan lejos de sus hogares.
Vallejo logró escapar después de ser trasladado a una cárcel de Sevilla, gracias a la organización de los comunistas dentro de la prisión. El Partido Comunista tenía gente infiltrada en las oficinas y le falsificaron una orden de salida. Le sellaron el falso impreso fabricando un molde una patata cortada por la mitad y allí hicieron constar la fecha de su puesta en libertad.
Al escapar primero fue a Madrid, donde estaba su familia, pero después decidió buscar una ciudad donde pasara desapercibido y se fue a Barcelona, donde visitó a la familia de su amigo Mariano, los Calderón. Y terminó por casarse con la cuarta de las hijas, Lola.
En lo sucesivo, Vallejo siguió visitando de vez en cuando a la familia Calderón para estar al corriente de las novedades sobre Mariano, pero también atraído por Dolores, con la que enseguida formalizó relaciones con la aprobación de José.
En 1945, cuando Dolores cumplió 23 años, Vallejo y ella se casaron. Además del amor, se celebraba el retorno de Ismael, Sisco, Guixé y Mariano. Se celebraba que entraba en la familia un hombre noble y bueno que compartía los mismos ideales que los Calderón, sus mismos valores. Estaban luchando de nuevo y en esta ocasión, pese a todos los impedimentos que marcaban su pasado, estaban consiguiendo salir adelante. La ceremonia se celebró en el bar del Centro Moral y Cultural del Poblenou, en el 176 de la calle Pujadas. Después les esperaba el banquete en el Restaurante El Patio. Allí todos comieron en una larga mesa donde la familia Calderón pudo conocer a la hermana de Vallejo y a su cuñado.
Al día siguiente, Dolores y Vallejo iniciaban su viaje de novios, aprovechando el abono del quilomètric, hacia Valencia y Madrid, donde ella conocería a algunos de los familiares de su marido que no habían podido asistir a su enlace.
Pocos días antes de la boda, la pareja había acudido al Fotomatón donde trabajaba Lolín para hacerse una foto de los dos, la pura imagen de la felicidad de dos jóvenes sonrientes, para pegarla en el talonario de viajes donde el revisor descontaría la distancia recorrida en cada trayecto. A su regreso, la pareja se instaló a vivir en un piso de la calle Espronceda, en el número 191.
En diciembre de aquel mismo año nacía la primera hija de la pareja, Rosario. En enero de 1948 nacía la segunda hija, una preciosa niña a la que llamaron Núria.
La familia poco a poco estaba consiguiendo estabilizarse. Vallejo creó una empresa textil para la que contrató a una decena de trabajadores. Él era el gerente y director de la empresa, pero también se ocupaba de la parte comercial aprovechando su carisma y sus muchos recursos para las relaciones sociales. También contrató a su suegro José Calderón como encargado.
Vallejo causaba impresión a los trabajadores al entrar cada mañana en la fábrica con su aspecto sobrio, elegante, mirada penetrante y saludando a todo el personal al colgar la gabardina en la entrada. Antes de empezar la jornada siempre hablaba con los empleados, se interesaba por sus vidas, por sus problemas. Era un hombre cercano y atento con todo el mundo, su tono de voz grave con el que hablaba siempre en castellano, se oía entre el bullicio de las máquinas de la factoría.
En 1950 Dolores y Vallejo tuvieron a su primer hijo varón, José Carlos.
A medida que pasaba el tiempo y los hijos crecían, ellos mismos notaban como algunas de las reacciones de sus padres daban sentido a sus relatos. Las hijas de Vallejo y Dolores sabían que el miedo se había apoderado de su padre cuando estuvo en el frente de Extremadura, viendo a mujeres destrozadas por el dolor, después de que los fascistas matasen a sus hijos recién nacidos tirándolos contra la pared, como si fuesen conejos, les había contado una tarde cuando ellas quisieron saber más sobre lo que había vivido en aquellos tiempos.
Habían pasado más de veinte años y, sin embargo, todavía, al oír el silbido de un tranvía cercano al parar, el hombre reaccionaba quedándose paralizado durante unos segundos mirando hacia atrás. Creí que me iban a detener. Por mucho tiempo que pasase, él seguía siendo un preso fugado.
Dolores y Vallejo también vieron crecer su familia con el nacimiento de dos hijas más, Loles, en abril de 1957 y Bel, en mayo de 1958. Sus padres les inculcaron a todos sus hijos los mismos valores democráticos por los que había luchado siempre: solidaridad, respeto, justicia. Una educación que reafirmaba sus ideales socialistas al mismo tiempo que descubría a sus hijos una forma de vida lejos de las políticas impuestas por la dictadura que les había tocado vivir.
Pocos años antes, la empresa de tejidos que montó Vallejo después de casarse había fracasado. Los recubrimientos para tejidos elásticos se componían de hilo de caucho, pero dejaron de concederle los cupos necesarios para confeccionarlo. La corrupción derivada del franquismo concentraba tan solo a unas cuantas empresas de los amigos del régimen y el resto se vieron abocados al naufragio. Vallejo lo intentó hasta el final, primero abandonando La Escocesa, después en unos bajos de la calle Espronceda, más adelante se trasladó a un local de la calle Pere IV. y finalmente en su propia casa, donde los trabajadores atravesaban la vivienda hasta llegar a la galería y después de bajar unos escalones llegaban a su puesto de trabajo. Sin embargo, aquello resultaba inviable y, al cabo de poco tiempo, la empresa cerró definitivamente. Fue entonces cuando el hombre se decidió a pedir ayuda a uno de sus amigos con el que había compartido ideales y trincheras. Artemio Precioso.
A partir de aquel momento, Vallejo comenzó a viajar a países del Este como representante de comercio. Sus contactos con amigos que habían pertenecido al Partido Comunista le facilitaron aquel empleo, una actividad que jugaría un papel esencial para desarrollar su faceta de colaboración clandestina que nunca había abandonado y de la que nadie, excepto Dolores, tenía conciencia en la familia.
Cuando sus hijos mayores eran ya estudiantes universitarios, los tres intuían que el padre de familia, como muchos otros en el barrio, estaban involucrados desde hacía décadas en actividades de socorro y defensa de personas represaliadas.
Aunque Dolores y Vallejo evitaban los detalles delante de sus hijas pequeñas, Rosario, Núria y José Carlos eran ya muy conscientes de lo que sucedía en su casa. En muchos casos, aquellas visitas inesperadas eran las de activistas fichados por la policía, y otras veces, miembros de organizaciones clandestinas.
A principios de los años setenta, Vallejo aceptó el reto de presidir la entidad de Pau i Justícia. La implicación que siempre había mantenido su suegro y el vínculo emocional que la familia de su mujer todavía sostenía con la cooperativa, le empujaron a impulsar la actividad de aquella asociación vecinal.
Su idea principal era la de recuperar el ideario social y transformador implícito en el movimiento cooperativo. A partir de aquel momento, Vallejo participó de manera activa en la Coordinadora de Cooperativas de Cataluña y en la constitución de la Coordinadora de Entidades del Poblenou. Con su característica capacidad organizativa, el que fue en su juventud, antes de la guerra, un destacado miembro de la Federación Cultural Deportiva Obrera, volvía ahora a recuperar el ímpetu de aquellos tiempos.
Nadie en la familia Vallejo-Calderón sabía en aquel momento que uno de sus hijos, José Carlos Vallejo Calderón, era uno de los participantes de las revueltas políticas asociadas a los movimientos obreros reivindicativos del momento. Bolsas y macutos repletos de octavillas eran parte de las acciones que reflejaban la apuesta de los jóvenes por un cambio social y político en el país. Querían que terminase la clandestinidad, pero sabían que en aquel momento debían mantener las estructuras de propaganda ocultas para evitar detenciones. En la SEAT, José Carlos se había mezclado con miembros de las plataformas que reclamaban más derechos para los trabajadores, pero sin mostrar su militancia en el PSUC. Aquellos movimientos, al margen de su función administrativa, le señalaron como sospechoso y la policía empezó a seguirle.
En diciembre de 1970, en la acera de la calle Pere IV situada frente a la del portal de su casa, José Carlos fue detenido de manera violenta por la policía nacional.
Horas después Vallejo acogió la noticia como si le hubieran dado un fuerte golpe en la boca del estómago. Su hijo no podía pasar lo mismo que había sufrido él.
La transmisión familiar había jugado un papel importante en la implicación política de si hijo. Si por lo general, la mayoría de la población se había decantado por el silencio, por no evocar un pasado vergonzoso con una guerra fratricida, por esconder a los hijos el pasado de sus padres, de sus abuelos. En la familia Calderón no tenían de qué avergonzarse, de modo que siempre optaron por el relato fiel de la realidad que habían vivido, la defensa de una sociedad justa y los valores democráticos y los ideales socialistas. Los niños de la familia pronto aprendieron que, según qué cosas, solo se podían decir en los círculos familiares. Durante aquellas reuniones con sus tíos, en las que sus padres comentaban las noticias de Radio Pirenaica.
Cuando los dos acudieron a comisaría le negaron las visitas a su hijo, informándoles también que su caso se alargaría debido al Estado de excepción que se había decretado el día 8 de diciembre de 1970 y que duraría tres meses. Vallejo sabía que aquella respuesta del gobierno de Franco a la creciente oposición al régimen, suspendía los derechos y libertades de la población, pero especialmente de los detenidos.
Durante veintidós días el joven permaneció secuestrado en los sótanos de las dependencias policiales. Sus padres acudían casi a diario a reclamar una visita para comprobar el estado de su hijo. Uno de aquellos días en los que se presentaron con sus dos hijas pequeñas, los agentes les entregaron la ropa del detenido ensangrentada. Le torturaron día tras día. Dolores y sus hijas le llevaban ropa limpia. Mejor si le llevamos mucha y así puede ponerse varios jerséis y no le dolerán tanto los golpes, decía la mujer.
Desde allí lo enviaron a la cárcel Modelo de Barcelona, donde permaneció durante seis meses. Allí su madre le llevaba tortillas de patata y croquetas que preparaba ella misma y algunas de sus amigas y vecinas. Antes de entrar a verle, los guardias le entregaban la ropa sucia de su hijo para que, después de lavarla, volviera a llevársela a prisión.
Cuando salió en libertad provisional, José Carlos se reincorporó a su trabajo mientras estaba a la espera de juicio, hasta que un mes más tarde lo despidieron.
Durante meses, el joven apenas apareció por su casa. Continuaba con sus actividades clandestinas durmiendo en el pequeño taller de su padre. Casi un año después, fue allí cuando una noche le volvieron a detener. La Brigada Político Social, decidió vengar su derrota moral al ver cómo se conmutaba la pena de los miembros de ETA ensañándose con todos aquellos a los que detenía durante los meses posteriores. Uno de ellos fue José Carlos Vallejo. En aquella ocasión las torturas fueron salvajes y cuando el joven pudo salir en libertad bajo fianza, no dudó en escapar.
A partir de entonces y durante varios años, la policía se presentaba a menudo en casa de Vallejo y Dolores. Siempre acudieron con el mandamiento judicial en la mano. En silencio, Dolores presenciaba como irrumpían en su hogar destrozándolo y revolviéndolo todo. Rompiendo objetos, recuerdos de toda una vida, por el mero hecho de hacer daño mientras la interrogaban sobre el paradero de su hijo.
En enero de 1978 Juan José Vallejo fallece, poco después de abandonar la presidencia de la Cooperativa Pau i Justícia. Hacía muy poco tiempo que se había jubilado, después de soportar tensiones, luchar contra la corrupción e intentar salvar una situación económica especialmente difícil. Sin apenas tiempo para disfrutar de su retiro, sufrió un ictus que acabó con su vida.
Gran parte del barrio del Poblenou, amigos y camaradas del PSUC, antiguos clientes y empleados de la fábrica textil y por supuesto sus familiares acudieron a su funeral, organizado en la cooperativa Pau i Justícia. La complicidad con algunos sacerdotes que pertenecían al sector progresista de la Iglesia, propició que el párroco de la iglesia del Sagrat Cor participase en la ceremonia como uno más de los muchos que tomaron la palabra para rendir homenaje a Vallejo.
Todos le recordaron como un hombre justo y dialogante. La muerte de Franco era muy reciente todavía, de manera que, algunas de las exigencias de la familia no se aceptaron desde un primer momento. Dolores y sus hijos tuvieron que mantenerse firmes para conseguir que se quitase el crucifijo del ataúd. Si no lo quitan ustedes, lo arrancaremos nosotros mismos. Amenazaron. En su lugar, lucía una bandera del PSUC. A la salida de la cooperativa, los asistentes recibían un recordatorio en el que se leía un poema de Blas de Otero, en lugar de la cita religiosa que siempre se imprimía en aquel tipo de tarjetas. Aquella fue otra de las peticiones familiares a las que no estuvieron dispuestos a renunciar. Así, con el puño alzado y cantando La Internacional, todos los que le amaron y le admiraron despidieron a Juan José Vallejo.
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El presidente del Real Madrid más ignorado y desconocido: Juan José Vallejo González (1912-1978)