Lolín Ibáñez

Lolín era la hija de un médico, Agustín Ibáñez Martínez, antiguo discípulo de don Ramón y Cajal. Ejercía en Valencia, en la localidad de La Pobla Llarga. Aunque su especialidad era la medicina general, atendía todo tipo de urgencias, tan pronto ejercía de dentista como practicaba pequeñas intervenciones quirúrgicas o actuaba como ginecólogo. Junto a otros dos colegas formaron un equipo con el que montaron una pequeña clínica de pequeños auxilios en un pueblo cercano, Carcaixent, hasta que estalló la Guerra Civil. Agustín dejó el pueblo para alistarse como miembro de las fuerzas militares republicanas y fue destinado al frente del Segre, para continuar allí con su labor asistiendo a los heridos.

Cuando la Guerra estaba prácticamente perdida, las tropas se disgregaron y él se alejó del frente y alquiló una casa en Puigcerdà. Allí le pidió a un transportista de productos agrícolas que en el siguiente viaje le trajese a su familia. Sin embargo, aquel viaje no se produjo y él regresó a Barcelona para tomar un barco hasta Valencia. Allí le detuvieron para después conducirlo a la cárcel de la ciudad.

La casualidad quiso jugar también un papel protagonista en la vida de Agustín Ibáñez. Uno de los carceleros de la prisión valenciana era un sargento de la guardia civil de Puebla Llarga que, revisando las fichas de los internos, lo reconoció. El sargento solía reunirse a diario con el alcalde y el cura en el bar de su pueblo. Después de cada partida, los tres hombres cotejaban las fichas de los presos comentando cada caso, especialmente los que eran conocidos. Así el sargento, pudo indagar y enterarse de que el motivo del encierro del médico era que el cura le había delatado.

Al enterarse y puesto que Agustín había atendido a todo el pueblo y gozaba de mucho prestigio entre los vecinos, lo dejaron en libertad, pero le expulsaron del Colegio de Médicos. A partir de entonces, el hombre no quiso regresar al pueblo y junto a su familia se marcharon a Barcelona.

Hasta entonces el nivel económico de la familia les había permitido que Lolín y sus tres hermanos menores disfrutasen de la mejor educación posible. La hija mayor incluso cursó estudios de música y tocaba el piano, pero aquel estatus cambió por completo en abril de 1939. En Barcelona se instalaron en la calle Lérida, en Poble Sec. Para poder sobrevivir y ayudar en casa, Lolín dejó sus estudios y empezó a trabajar como camarera en una cafetería del Paralelo. Su padre solía pasar allí las tardes tomando una taza de café y la esperaba para regresar juntos a casa. Por las mañanas, él colaboraba con un abogado en los asuntos forenses asistiendo a un médico del Hospital Clínico, el doctor Arandes.

Un día, al regresar del trabajo a mediodía, la muchacha se encontró en la calle a su madre y a sus tres hermanos cargados con un par de maletas de ropa, sentados en el suelo junto algunos de los muebles de su casa. Los habían desahuciado.

Por fortuna, una de las familias más pobres del pueblo, que también se había trasladado a vivir a su misma calle en la ciudad, les acogió en su casa.

La familia pues sobrevivió como todos en aquellos años, como mejor pudieron. Y siendo una muchacha encontró trabajo como dependienta del Fotomatón, un negocio situado en el número 56 de la calle Pelayo, justo al lado de los Almacenes El Siglo.

La joven Lolín tenía una mirada de ojos verdes, era bonita y delgada. Entonces vivía en el barrio de Pubilla Casas, en el Hospitalet de Llobregat.

Y cuando Mariano empezó a festejar con ella congenió de inmediato con aquella familia. Más allá de la política, que a Lolín siempre asociaba a dramas y penurias, con Agustín mantenía largas charlas sobre temas diversos como literatura, música, pintura y, por supuesto también de problemas sociales en los que siempre estaban de acuerdo. Estaba claro que las convicciones e ideales políticos de ambos seguían siendo el fundamento de su carácter y eso también provocaba el acercamiento y cariño.

El 28 de agosto de 1947 Mariano y Lolín se casaban. Mientras se celebraba el banquete, por el enorme aparato de radio de madera situado en una esquina del comedor del restaurante, la voz de Matías Prats Cañete transmitía con especial emotividad la cogida al famoso torero Manolete, en la plaza de toros de Linares.

Los recién casados se instalaron en la vivienda familiar de los Calderón. Durante un tiempo, en aquel piso de Paseo del Triunfo convivieron con José y Lola, Josefina e Ismael con sus dos hijos, el matrimonio formado por Mariano y Lolín y la hija pequeña, Paquita, que continuaba soltera.

Un año después de casarse Mariano y Lolín tuvieron a su primer hijo, le pusieron el nombre de la familia, aunque en casa todos le llamarían Pepe. Pensaron entonces que era un buen momento para crear su propio hogar y abandonar la casa de sus padres. Intentaron comprar un piso para iniciar su vida en común, pero, de alguna manera que nunca pudieron probar, el vendedor engañó a Mariano estafándole gran parte de sus ahorros. Aquello supuso un gran contratiempo en los planes de la pareja. Sin dudarlo, Lola y José, del mismo modo que habían hecho con sus hijas cuando lo necesitaron, les propusieron que continuasen viviendo con ellos el tiempo que quisieran.
Para entonces, la empresa que había creado Mariano en la galería de su casa y a la que denominó Grabados Calderón, ya había ganado bastante prestigio.

Con la buena marcha de la empresa, Mariano empezó a ganar mucho más dinero y Lolín dejó de trabajar fuera de casa, para dedicarse a las tareas del hogar y a la crianza de su pequeño.

El 1951 Mariano y Lolín tenían a su hija, Francisca Calderón Ibañez.

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