La quinta hija de José y Lola era guapa como sus hermanas.
Nació el 1924 y falleció el 12/1/2008
Roca y Paquita estudiaban en la Escola Casas, en el barrio del Clot. La institución inaugurada en 1933, mantenía el proyecto pedagógico innovador de la Segunda República.
A los 15 años Roca era una adolescente simpática, amable y guapa, con un cuerpo de bonitas curvas y de pecho exuberante. Empezó entonces a festejar con un muchacho del barrio algo mayor que ella. El joven, Josep Guixé, al que todos nombraban por su apellido, era un poco más alto que Roca, de cabello negro peinado a la moda, hacia atrás y abrillantado, delgado a fuerza de hambruna, vivaracho y divertido. Vivía en la portería que regentaba su madre en el edificio de la esquina de la Rambla con la calle Pallars, muy cerca de los Calderón. Su carácter agradable y divertido resultó ser un factor esencial para que la relación prosperase, Paquita no tenía ningún reparo en acompañarlos en sus excursiones cumpliendo a la perfección su función de carabina.
Durante la guerra civil y estando Roca en casa, voló por los aires por el impulso de la deflagración al estallar una bomba muy cerca de su casa. Este hecho está relatado en el libro “La última rosa”:
Aaaahh… Isabel, ¿qué pasa?, gritó Roca unos segundos después, mientras un zumbido invadía sus oídos. No podían oír nada, salvo un pitido intenso que quedó grabado en sus oídos durante horas. Isabel, ¿estás bien?, preguntaba la muchacha llorando asustada mientras la buscaba mirando a todos lados donde la vista le alcanzaba sin que se atreviera a moverse.
Una bomba lanzada desde un buque de guerra había caído junto a la entrada del edificio, hundiendo parte del hueco de la escalera y de la entrada al patio comunitario.
(…) El escenario era caótico, una nube de polvo blanquecina invadía el ambiente, desde la entrada pudo ver a sus dos hijas al fondo, en el comedor, desmelenadas, llorando. Roca sostenía una gallina de las seis que habían entrado por las ventanas revoloteando en el aire despavoridas al ser impulsadas desde la fábrica de Can Parsos, por el efecto de la deflagración. Las gallinas que criaba amorosamente el guarda de la factoría para conseguir huevos frescos estaban conmocionadas. La jovencita se acercó hasta su madre caminando despacio, con el animal entre sus manos, muerta de miedo sobre los cascotes y plumas que llenaban el suelo de la casa. ¡Madre, no sé qué ha pasado… estábamos limpiando y de repente…!, decía Roca tartamudeando, con el miedo todavía dentro del cuerpo. Al llegar a los brazos de Lola se agarró fuertemente a ella y cerró los ojos, intentando que la imagen de su casa volviera a ser la de antes de aquella pesadilla.
(…) Josefina y Dolores recogían algunos objetos del suelo, Roca pasaba la escoba, intentando continuar en el mismo punto donde estaba antes de la deflagración.
Ya de joven, las hermanas de Roca le enseñaron a coser y ya de jovencita ayudaba en el taller de su hermana Lola.
Al final de la guerra civil, su novio Guixé recibió la carta para ir a luchar a la Batalla del Ebro, era la Quinta del Biberón, tenía 19 años y estuvo unos pocos meses hasta que pudo volver vivo a Barcelona.
A punto de cumplir veinte años y después de regresar de la Batalla del Ebro, el novio de la cuarta hija de la familia Calderón estaba convencido de que lo peor había pasado y ya era el momento de pensar en trabajar y ahorrar para casarse. Con lo que no contaba era con ser uno de los jóvenes en edad de reclutamiento al que el nuevo régimen impuso el servicio militar obligatorio.
Cuando recibió la notificación con la orden de acudir dos días después a Capitanía General, en el Paseo de Colón, lo primero que hizo fue ir corriendo a casa de los Calderón para decírselo a su novia. Roca escuchó la noticia llorando de amargura. No entendía por qué tenía que volver a colgarse el fusil al hombro.
Algunas de aquellas tardes, cuando Guixé disfrutaba de algún permiso durante el servicio militar, este aparecía por sorpresa por el taller. Siempre con ganas de diversión y gastando bromas, llegaba cantando o abría la puerta dándoles un susto al grito de «¡Aaaaahhh, ya estoy aquí!» Provocando un sobresalto antes del estallido de risotadas de las mujeres. Naturalmente, el novio de Roca procuraba asegurarse primero de que su futuro suegro no estuviera cerca. Cuando se cruzaba con él paseando al pequeño Ismael, o subía a saludar a su futura suegra y comprobaba que estaba sola, aprovechaba el momento para hacer su visita a las modistas. Una de aquellas tranquilas tardes de costura, Guixé apareció como de costumbre riendo y contando chistes y anécdotas divertidas cuando, de pronto, Dolores escuchó cómo se abría la puerta de la vivienda y de inmediato el saludo de su padre. Roca sujetó a su novio por ambos brazos arrastrándole hasta el ventanal donde colgaban dos enormes cortinas, una a cada lado de la cristalera justo unos segundos antes de que José entrase a saludar a sus hijas, mientras ellas, temblando de miedo, miraban de reojo los zapatos que asomaban a un lado de la ventana y que, sigilosamente, acariciaban los flecos de la cortina cada vez que Guixé se movía. Cuando José por fin abandonó la estancia, sus hijas soltaron todo el aire de sus pulmones, mientras el joven ahogaba una carcajada con sus manos.
Roca y Guixé se casaron en 1946 en cuanto él consiguió empleo como contable en el Banco Central. Ella, que seguía cosiendo en el taller de su hermana, continuó trabajando regularmente cuando, meses después de su boda tuvo a su hijo Josep. Siguió cosiendo incluso cuando dos años más tarde dio a luz a la pequeña Dolors.
En 1951 nacía el tercer hijo de Roca y Guixé, Enric. A partir de entonces Roca ya no podía compaginar tantas horas en el taller con la crianza de los niños, pero todavía acudía de vez en cuando a echar una mano, a disfrutar de la compañía y las charlas con sus hermanas junto a las clientas del barrio. Dos años más tarde, en 1953, cuando nació Mercè, la mujer, siempre rodeada de niños, se dedicaba a tiempo completo a la casa y a los niños. Se convirtió en una excelente cocinera, a menudo preparaba enormes bandejas de canelones y tanta cantidad de coca de sucre i anís para la familia, que incluso sus hermanas se llevaban a casa un buen pedazo cada una.
Las hermanas, los cuñados y todos los sobrinos, solían reunirse a menudo en la casa que Roca y Guixé tenían en El Lloar, primero fue en una casa de alquiler y unos años después compraron la de una de las vecinas que había fallecido a la que todos allí conocían como La Mongeteta. Allí todos se pasaban horas jugando al fútbol, disfrutando de la naturaleza y respirando aire puro. Aunque la casa no era muy grande, a los sobrinos les encantaba quedarse a dormir allí. Tiraban colchones y mantas en el suelo y se dormían tardísimo después de charlar y reír durante horas.
Roca y Guixé tuvieron dos hijos más, Jordi nació en 1957 y Elisabet que nacía en 1963.
Tuvieron seis hijos en total, tres niños y tres niñas.