Francisco Ferrer Muntanya

El 1935 Francisco Ferrer Muntanya, Sisco, conocía a Isabel Calderón Ramón en Pau i Justícia.

Al principio el padre de Isabel, José, se opuso al noviazgo porque decía que en su familia eran de la farándula: actores, bailarines y bohemios.

Cuando Isabel consiguió que, por fin, que su padre aceptase que Francisco Ferrer, y ya la guerra civil había comenzado, Sisco la visitaba en su casa, puesto que en las calles de la ciudad se producían altercados a diario. El muchacho, también miembro de la CNT, llegaba vestido con su mono de color azul y su camisa blanca y, en cuanto veía al patriarca de los Calderón, se arrancaba de la cabeza el gorrito de tela con la borla, para apretarlo con ambas manos mientras saludaba formalmente a su futuro suegro.

Aunque poco después, Sisco, tan idealista como su cuñado Mariano, se alistó también como miliciano.

Tras la cruenta batalla de Belchite, las noticias que llegaron a casa de los Calderón alarmaron especialmente a Isabel. En la localidad aragonesa los socialistas habían ganado las últimas elecciones municipales de 1936, cuando se produjo el golpe de estado, algunos falangistas y miembros de la guardia civil atacaron el ayuntamiento deponiendo a los cargos electos y algunos izquierdistas afines para darles «el paseo» a las afueras del pueblo. A partir de entonces aquel lugar quedó parapetado por las fuerzas fascistas. Desde el 24 de agosto hasta el 6 de septiembre, las tropas del Ejército Popular entraban en aquella población que no llegaba a los cuatro mil habitantes. El objetivo final era llegar a Zaragoza. En aquella batalla se encontraba Sisco Ferrer. Allí aprendió cómo debía actuar para protegerse de los ataques aéreos, los bombardeos se hacen tomando la sombra de los soldados como referencia, cuando huyen corriendo, se convierten en un blanco perfecto. Cuando los oigas llegar, tírate al suelo y no te muevas y al pasar de largo aprovecha para correr tan lejos como puedas. La directriz marcada por sus superiores no sirvió para que una de las bombas cayera a su lado una de las ocasiones en las que se tiró al suelo siguiendo las instrucciones. La herida en la cabeza no le quitó la vida porque, afortunadamente, no llegó a perder el conocimiento. Minutos después llegaba al hospital de campaña y se confirmaba su traslado a Barcelona hasta que estuviera totalmente recuperado.

El ostentoso Hotel Terramar de Sitges, uno de los principales destinos turísticos de la burguesía catalana y europea años atrás, había sido reconvertido en hospital de sangre por las milicias los primeros meses de la guerra y, desde abril de 1937 pasó a manos de la Sanidad Militar como Hospital de Guerra. Allí Sisco Ferrer recibió los cuidados necesarios para su recuperación y las visitas de una emocionada Isabel Calderón. Al cabo de unas semanas él volvía a reincorporarse a las trincheras, en esta ocasión camino de Teruel y ya convertido en teniente de Intendencia.

Tras el bombardeo que cayó al lado de casa de los Calderón y que sumió a Isabel en una depresión, haciendo que la chica ni comiera, ni durmiera, ni se atrevía a salir de casa, repitiendo una y otra vez que lo único que quería era marcharse de la ciudad. Y cuando unos meses después Sisco se enteró de lo ocurrido regresó a Barcelona en busca de Isabel para llevársela al campo:

—Me la llevo. Entiéndalo José, si dejamos que Isabel siga en casa, se morirá. ¿No ve que flaca está? —dijo armándose de valor al patriarca de los Calderón en presencia de su esposa— Por favor, dígaselo usted Lola. Isabel solo quiere irse de aquí y yo he conseguido que una familia de Sant Guim de Freixenet la acoja en su casa. Yo estoy en el frente de Lérida, en el Segre, así que podré ir a visitarla de vez en cuando y me aseguraré de que está bien.

—¿Y qué hará allí? De alguna manera tendrá que pagar su alojamiento —se interesó José.

—No se preocupe, necesitan una muchacha que les ayude con las tareas de la casa y el campo, así colaborará en su manutención.

—Bueno, veo que está todo resuelto —al escucharle la pareja sonrió— Pues si te la llevas, antes te casas con ella —sentenció el patriarca de los Calderón enroscándose una de las puntas de su enorme bigote.

En septiembre de 1938 Isabel Calderón y Francisco Ferrer se casaban en uno de los juzgados de la ciudad. De nuevo la familia se reunía en casa de los Calderón para comer las escasas provisiones que les quedaban. En cuanto la discreta celebración terminó, Sisco e Isabel abandonaban la casa familiar, él para volver al frente. De camino dejaría a Isabel trabajando como sirvienta en una casa del pequeño pueblo de la misma provincia.

Al cabo de los meses y cuando Sisco se enteró de que «los moros de Franco» se dirigían a poblaciones leridanas, no se lo pensó dos veces. Recordaba perfectamente a las mujeres que les recibieron en la localidad de Fuendetodos, rapadas, vejadas y maltratadas, gritando que matasen a todos los fascistas. También su paso por algunos pueblos de Teruel, donde además del frío había sufrido al comprobar las tremendas represalias de los Regulares.

En su calidad de teniente de intendencia tenía acceso a los camiones de su división, de modo que una noche, subió a uno de los camiones y le dijo a su conductor que se dirigiera a Sant Guim de Freixenet. En cuanto llegó se llevó a Isabel de la casa donde la habían acogido.

—Coje lo imprescindible, nos vamos —le dijo a su mujer antes de salir de la casa.

Delante de la puerta, el camión con el conductor aguardaba a que regresaran, pero Sisco conocía bien al soldado que conducía aquel vehículo. De un salto, él fue el primero en subir, ofreció una mano a su esposa y con un leve golpe en el asiento le indicó que ocupara aquel espacio, colocándose él entre el chofer e Isabel.

—Sé que eres de la Quinta Columna, así que, ahora mismo, arrancas el camión y conduces dirección a Calaf. Como vea que paras o te desvías, te pego dos tiros —le dijo mientras le apuntaba con su pistola Astra del 9 largo hacia los riñones.

En cuanto llegaron a Calaf, abandonaron el camión y cogieron un tren hacia la Estación de Francia de Barcelona.

—Pero, ¡qué molluda estás hija mía! —dijo José levantando la voz en un estallido de alegría cuando vio entrar a Isabel en casa— Tienes mejor color en las mejillas y estás gordica.

Sisco estaba visiblemente desmejorado. Ya había soportado las bajas temperaturas durante la batalla de Teruel, donde había sobrevivido a las heladas de hasta menos dieciocho grados al raso, cubierto con una simple manta de lana raída. Después de perder en el frente de Aragón y tras la retirada de Lérida, también él acusaba el cansancio y el dolor de perder una causa justa. Aun así, a los pocos días regresaba a su paradero, junto al Segre. Junto a sus camaradas.

En noviembre de 1938 la derrota de la Batalla del Ebro era la evidencia de que la guerra se perdía. El principio del fin en Cataluña. En enero de 1939 las tropas franquistas avanzaban irremediablemente hacia los últimos reductos republicanos.

Tras la definitiva caída de Cataluña Sisco huyó hacia Francia. Desde su paradero junto al río Segre se encaminó hacia Camprodón, de allí a Setcases, en la comarca del Ripollés y después de descansar un par de días para reponerse siguió caminando hasta Molló. Al llegar a la frontera francesa los guardias le piden su inseparable Astra del 9 largo, pero su él, cansado y harto de sentirse perseguido, hambriento y hastiado de soportar tanta presión, lleva su insurrección hasta el final.

—Si quieres mi pistola la vas a buscar al agua —le dice al guardia fronterizo lanzando el arma al río sin contemplaciones.

Sisco es detenido y conducido al campo de concentración de Septfonds, en Tarn-et-Garona, en el sur de Francia, uno de los muchos creados por el gobierno francés expresamente para recluir a los refugiados republicanos españoles, aunque, a diferencia de los otros, aquí se concentraba solo a soldados y oficiales, no había civiles.  Aun así, el campo llegó a albergar hasta dieciséis mil prisioneros en condiciones deplorables. Sin instalaciones sanitarias, las epidemias como el tifus y la disentería estaban a la orden del día, sumándose al desgaste de la derrota y la huida. Aquellos pobres hombres quedaban recluidos y abandonados a su suerte.

Los guardias senegaleses solían reírse de ellos humillándoles y privándoles de comida. Aquellos soldados negros, uniformados y armados, se plantaban al otro lado de la verja montando mesas repletas de comida «el que quiera comer, solo tiene que firmar para ir a Alsacia y Lorena a fortificar». Muchos presos, muertos de hambre, decidían aceptar la propuesta, ignorando que en realidad su destino sería morir en el campo de concentración de Austwichtz.

Al cabo de unos meses en el Campo, Sisco conoció a otro prisionero con el que entabló amistad, no sabía leer ni escribir, así que le pidió si podía escribirle una carta para un familiar.

—¿Me harías ese favor, Francisco?

—Pues claro hombre, eso está hecho. Tú solo consigue el papel y el bolígrafo y yo escribo lo que quieras.

—La verdad es que se trata de un familiar que está muy bien relacionado, ya sabes, un fascista capitoste. Le voy a pedir que me saque de aquí, que me envíe un salvoconducto para volver a España sin que me detengan… y pon en la carta que me he hecho muy amigo tuyo y que envíe otro pase para ti también. ¿Qué te parece?

—¡Anda! Pues qué me va a parecer… que ya estoy tardando en escribirla.

A la semana siguiente, los dos recibían los salvoconductos y salían del Campo de Concentración en dirección a España. Al llegar a la frontera les detienen de nuevo. Su aspecto no deja ninguna duda a los militares españoles que vigilan la entrada al país, que solo ven a dos hombres escuálidos y sucios, vestidos con lo que en algún momento fue un uniforme republicano. Separan a los dos amigos y conducen a Sisco al castillo de Figueres. Consciente de que allí cada día forman pelotones de fusilamiento para asesinar a miembros del derrotado Ejército Popular, a los pocos minutos de que le encierren en un calabozo sucio infestado de presos y ratas, llama a los guardias y les enseña su salvoconducto.

—¿Ahora me enseña esto? —le grita el soldado que vigilaba la celda antes de dirigirse a su superior y enseñarle el documento— ¡Aquí tienes, ya puedes salir! Esto lo tenías que haber enseñado antes —le dijo en cuanto regresó entregándole el dinero suficiente para que pueda comprarse un billete de tren a Barcelona y un pase como documentación de libre circulación hasta allí.

En enero de 1940 Isabel recibía emocionada a su marido, que llegaba agotado, muerto de hambre, débil y sucio, pero inmensamente feliz, a casa de la familia Calderón.

Pocos días después de su regreso, Sisco estaba impaciente por empezar a trabajar. Su situación era algo delicada, sabía que, siendo un excombatiente republicano, nadie le contrataría. Además, su orgullo y sus convicciones continuaban intactas, de modo que tampoco estaba dispuesto a soportar según qué abusos de poder. La mejor opción era, sin duda, recurrir a familiares y amigos que pudieran ayudarle a salir adelante. No dudó en visitar a una de sus hermanas, Vicenta, propietaria de una parada en el Mercado del Borne, para pedirle colocación o contactos que pudieran contratarle.

—Yo puedo decirle al encargado del mercado que te contrate como mozo de almacén. Aquí siempre faltan manos de hombres fuertes que puedan tirar de carretilla, cargar y descargar cajas, en fin… lo que se necesite. ¿Qué te parece, Sisco? ¿Estás dispuesto?

—¡Pues claro! Yo lo que necesito ahora es trabajar, de lo que sea, no me importa. Pero me pedirán el certificado de buena conducta, ¿no?

—No te preocupes, yo escribiré el certificado diciendo que estás trabajando para mí en la parada de frutas y eso te servirá, o al menos eso espero.

—Bueno, hagamos una cosa. Tú me lo escribes y si acaso, yo ya se lo entrego al encargado, tú no te preocupes.

Al día siguiente, el 30 de enero de 1940, Sisco recogía en la parada de su hermana en el mercado, el certificado en el que se confirmaban sus servicios para la comisión de frutas y hortalizas de la Vda. De Félix Gimeno.

Vicenta Ferrer Montaña de estado viuda de 43 años de edad de profesión comercio,

CERTIFICA: Que don Francisco Ferrer Montaña de 27 años de edad presta sus servicios en este puesto desde el mes de abril de 1933 y siendo su conducta satisfactoria bajo todos los conceptos y a petición del interesado expido el presente.

Sisco ya contaba con la prueba de su laboriosidad y buen comportamiento que le acreditaba como la persona idónea para ocupar el puesto de trabajo en el mercado. Solo había un pequeño detalle en el que el joven tuvo que intervenir. El año de antigüedad. De manera que, gracias a las enseñanzas obtenidas en presidio y haciendo gala de su carácter avispado e ingenioso, borró con cuidado el nueve escrito en la última cifra del año para anotar en su lugar un tres. «Estando preso también se aprenden muchas cosas, me enseñaron trucos como a hacer un sello para estampar la tinta con una patata, en situaciones extremas, si no te espabilas no sales adelante». Le contaba a su mujer.

El marido de Isabel era un hombre de carácter alegre y divertido, de ideas muy bien asentadas y con una personalidad arrolladora que contribuía a ganarse el cariño de cuantos le conocían. Si bien su suegro se le resistía en ese sentido, la verdad es que en la familia Calderón se le quería mucho.

El 28 de septiembre de 1941 llovía intensamente en la ciudad cuando a las doce del mediodía nacía Enrique, el primer hijo de Isabel y Sisco. Una semana más tarde, el abuelo José le daba la buena noticia a su hijo Mariano en una de sus habituales cartas, «no he podido escribirte antes porque hemos estado muy ocupados, el sábado pasado tu hermana Isabel se puso mala y dio a luz un niño, tu madre ha estado todo el tiempo con ella. El pequeño Enriquito es muy bonico.» Para entonces, el matrimonio ya se había instalado en una nueva vivienda en la calle Pere IV, en el mismo barrio de Poblenou.

En 1953, nacía el segundo hijo de Isabel y Sisco, Josep, al que registraron con su nombre en castellano, tal y como marcaba la ley en aquel momento.

Aunque la vida se había normalizado para los Calderón, Mariano, Vallejo y Sisco, recordarían durante toda su vida las terribles experiencias que habían sufrido durante la guerra. Al igual que muchos de su generación, quedarían marcados a fuego, para siempre, como los oprimidos por el fascismo y nunca dejarían atrás el miedo que durante mucho tiempo se mantendría latente en su interior.

En otra ocasión, durante una excursión a Andorra con el grupo de la Coral de Pau i Justícia, del que Sisco formaba parte, el recuerdo de la guerra volvió a acecharle. Viajaba con su mujer y sus dos hijos y lo que hasta aquel momento había sido un viaje divertido, donde algunos cantaban y otros aprovechaban para reír y charlar, de pronto cambió. El padre iba sentado junto a Enric, su adolescente hijo mayor, que se dio cuenta de que a su padre se le borraba la sonrisa en cuanto el vehículo paró en Coll de Nargó.

—Yo no voy a bajar.

—Pero, papá, todo el pasaje va a bajar, es una parada técnica para ir al lavabo o a tomar un café. ¿No te apetece tomar nada? Mamá y Josep han bajado también. —le dijo Enric a su padre, mientras él se cruzaba de brazos.

—¡Qué no! Que no bajo. No puedo.

—¿Qué no puedes? ¿Y eso por qué? —insistía Enric.

—Si te quedas conmigo te lo cuento.

Ante el gesto afirmativo de su hijo como respuesta y después de hacerle un gesto al conductor confirmando que se quedaban a bordo, Sisco empezó a explicarle sus razones a su hijo mayor.

—Pasó aquí mismo, en Coll de Nargó, durante la guerra. Como oficial de intendencia vine a comprar paja. Me atendió el alcalde del pueblo, un hombre alto y grueso, más o menos tendría la misma edad que yo o un poco más. A la hora de pagar, cuando le entrego los billetes, se da cuenta de que son de la república y se niega a cobrarme. yo solo cojo billetes de Franco, me dijo el tío. No lo dudé ni un segundo, desenfundé mi Astra y se la puse delante de la cara. Coje el dinero ahora mismo, le dije mirándole fijamente a los ojos.

—Pero papá, de eso han pasado ya muchos años…

—Aunque pase toda una vida. Imagínate que me vuelve a ver, o que alguien me reconoce… —nervioso y sudoroso, el hombre continuó hablando para hacerle entender a su hijo la gravedad del asunto— Mira, hace unas semanas, paseando por la Plaza España, me crucé con uno que había sido de la Quinta Columna, ¿sabes quiénes eran? Los infiltrados fascistas…

—Sí, sí ya me has hablado de ellos alguna vez.

—Bueno, pues ese hombre me reconoció. Claro, cómo no iba a hacerlo si nos encontramos frente a frente…

—Pero, ¿te dijo algo?

—Me dijo: tranquilo, no voy a decir nada porque sé que tú eres una buena persona. Pero, ¿te imaginas que hubiera reaccionado de otra manera? Detenido otra vez.

Cuando el resto del pasaje regresó al cabo de unos minutos Sisco todavía continuaba algo inquieto. Hasta que el conductor no giró la llave de contacto y el autocar empezó a moverse, Enric no oyó respirar profundamente y aliviado a su padre.

Aquella situación se repetía en los momentos más inesperados. Tan solo ir al cine ya era un suplicio para una persona con el carácter explosivo de Sisco. A la entrada del cine de l’Aliança, los años posteriores a la guerra y durante mucho tiempo, grupos de las juventudes falangistas azuzaban a los espectadores para que comprasen emblemas de cartón de la Falange y a los que se negaban les propinaban una paliza. Como si aquello no fuera suficiente, a media película se paraba la proyección para que todo el público, en pie y brazo alzado, cantase el Cara al Sol. En más de una ocasión, Isabel comprendió la negativa de su marido a ir al cine prefiriendo quedarse en casa con los niños o limitarse a ir a Pau i Justícia a jugar al dominó con su suegro y algunos amigos.

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